La mayoría de nosotras hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas un episodio de estrés agudo: sudoración, hiperemia, hiperventilación, etc. Son las señales que el sistema nervioso simpático —una de las dos ramas principales del sistema nervioso autónomo— envía a tu cuerpo con un objetivo claro: sobrevivir.
Se trata del famoso mecanismo flight or fight o, lo que es lo mismo, lucha o huida. Todo tu cuerpo se prepara para afrontar una de estas dos contiendas dependiendo de la magnitud del peligro. El ejemplo más clásico es el de un Homo Sapiens frente a un león hambriento en medio de la sabana.
Si nuestro ancestro disponía de lanza y punta, además de un óptimo estado físico y la valentía suficiente, probablemente optaría por la segunda opción, la lucha. No obstante, si nuestro amigo homínido hubiera pasado días sin alimento y estuviera desarmado, lo más probable es que correría por su vida y treparía al baobab más cercano, sin importar cuánto pudiera dañarse la piel en el camino, pues la liberación de adrenalina, junto con otros cambios fisiológicos propios de la respuesta de estrés, prepararía a su organismo para reaccionar con rapidez y podría disminuir temporalmente la percepción del dolor.
¿Y qué tiene eso que ver conmigo y con este nudo que tengo en el estómago?
Pues mucho más de lo que crees.
Volvamos al 2026. En este siglo, si estás leyendo esto, probablemente es porque tienes la fortuna de no tener que preocuparte por tus necesidades básicas; estas, en mayor o menor medida, están cubiertas. Y me refiero a aquello por lo único que nuestro ancestro vivía preocupado día y noche: tener un techo, alimento, descanso y no convertirse en presa de otros.
En la actualidad, al menos en los países desarrollados, el propósito de vida se traslada a cuestiones vinculadas a una conciencia "más elevada". Esto se traduce en éxito profesional, académico o sentimental; vaya aquello que hoy en día llamamos alcanzar la realización personal o este eslogan tan conocido y repetido de "tu mejor versión". Cuando nos enfrentamos a una situación que, bajo nuestro propio juicio, puede estar amenazando alguno de estos logros, la amígdala —una estructura cerebral implicada en el procesamiento del miedo y otras emociones— se activa (¡alerta, peligro, peligro!), el sistema nervioso simpático entra en juego y ahí estás tú: frente al ordenador respondiendo a ese jefe que te citó para una reunión y sabes de qué se trata, pero temes que te despidan; mirando compulsivamente el perfil de Instagram de tu pareja, no vaya a ser que te la esté «pegando» con otra; frente a tu clase de Filosofía, a punto de exponer la teoría de un tal Hume; o en el dentista, escuchando el ensordecedor sonido del instrumental con la boca abierta y aguantando la respiración. Como estos, se me ocurren muchos ejemplos.
¿Sabes qué? Esa simpática respuesta te está queriendo decir a gritos: ¡CORRE O ATACA! Y, a no ser que enfrentes a tu jefe, a tu pareja o salgas pitando del dentista y de tu clase de Filosofía, esa tensión seguirá ahí. Lo que sucede es que esa respuesta fue diseñada para ser aguda, es decir, momentánea. Sin embargo, cuando no «escuchamos» o «atendemos» las señales del cuerpo, nuestro sistema de respuesta al estrés puede permanecer activado más tiempo del necesario. Y es entonces cuando empezamos a hablar de la ansiedad como enemiga.
Volvamos a una situación de estrés. Piensa en algún evento que para ti haya sido especialmente estresante y que no hayas resuelto a través de la acción. Resulta entonces paralizante, ¿no? Cuando antes hablaba de valentía, no me refería a un ancestro libre de miedos, sino a uno que actúa movido por ese miedo, ya sea huyendo o luchando. El miedo es la emoción que hay detrás de la respuesta de estrés o, si hablamos de una respuesta magnificada y persistente, de la ansiedad. Si no resolvemos la ecuación que nos plantea nuestro organismo con una respuesta adecuada, esa activación puede mantenerse en el tiempo. De hecho, el estrés crónico se ha asociado a alteraciones en distintos sistemas del organismo, incluidos cambios en la respuesta inmunitaria y procesos inflamatorios. Esto puede traducirse en problemas de sueño, encías sangrantes, dolores musculares, digestiones pesadas, erupciones cutáneas... y un largo etcétera.
Ahora ya sabes un poco más acerca del mecanismo por el cual se alimenta esa ansiedad. Puedes trabajarla de diversas formas; lo importante es que sepas que tienes la capacidad de recuperar, poco a poco, el control sobre tu mente y tu organismo. Las dos principales vías son revisar tus creencias limitantes (¿a qué tengo miedo y por qué?) y tomar acción.
¿Cómo se toma acción? Si tienes miedo de hacer el ridículo en una reunión, ¡dilo! Verbalizarlo puede reducir la tensión. Si tienes miedo de que tu pareja te sea infiel, ¡díselo! Si la relación es saludable, encontraréis la forma de resolver la tensión que generan los celos. Y, en el caso del dentista... te felicito por cuidar de tu salud bucodental. Cuando termines, ¡cómprate un helado! (Siempre que tu dentista no te haya dicho lo contrario, claro 😉). Ese pequeño premio puede ayudarte a asociar la experiencia con una emoción más agradable y hacer que la próxima visita resulte un poquito menos estresante.